Tan discutidos como idolatrados, ya fuese por su innegable legado para asentar las bases del heavy o por su deriva comercial en los años 90, la noche del pasado jueves fueron miles los que se han inclinado por celebrar en concierto el cerca de medio siglo de vida de Aerosmith ante su presunto adiós definitivo.

Unas 31.000 personas, según cifras de la organización, son las que se han desplazado hasta el Auditorio Miguel Ríos de Rivas Vaciamadrid, a unos 20 kilómetros del centro de la capital, para el primero de los tres conciertos que ofrecerá el grupo en España dentro de la gira Aero-verderci! Baby, el primero también en la región en la friolera de 20 años.

El domingo actuarán además dentro del Rock Fest de Barcelona y el 8 de julio en el estadio Heliodoro Rodríguez López de Santa Cruz de Tenerife, en su última parada europea, antes de afrontar viaje hacia Latinoamérica y recalar en espacios como el Rock in Rio brasileño.

Está siendo y será una larguísima gira mundial de despedida para la que han desplegado la formación de gala, con los fundadores Steven Tyler (voz), Tom Hamilton (bajo), Joey Kramer (batería), Joe Perry (guitarra principal) y, como si lo fuera, Brad Whitford (guitarra rítmica).

Vendedores de más de 150 millones de discos de acuerdo con Forbes, miembros del Salón de la Fama del Rock And Roll y ganadores de 4 Premios Grammy, no solo las cifras les avalan, también grandes canciones a las que han acudido la pasada noche durante una hora y media larga para hacer valer su peso, como Sweet Emotion, Crying o Dude (Looks like a baby).

Ha sido un concierto para echar la vista atrás en el que a la fuerza han desgranado lo mejor de 15 álbumes de estudio, un cribado en el que sus primeros discos han ocupado un hueco especial como guinda, en especial Aerosmith, con el que en 1973 dieron a conocer su rock preñado de blues, o Toys in the attic, el que los confirmó como estrellas con futuro.

«¡Dejad que la música hable!», con esa proclama en forma de canción (Let the music do the talking, versión del original de Joe Perry Project que convirtieron en un éxito en 1987) dio comienzo la descarga de rock pasadas las 22.10 horas, destemplado aún el público en un auditorio al raso y 16 grados de temperatura.

Necesitados de calor, la banda no tardó en lanzar cortes populares, como Love in an elevator o una interminable Livin’ on the edge, Tyler despojado ya de sus gafas de sol, un beso de carmín marcado en la mejilla y la espalda contra el suelo, entonando como si no hubiese más conciertos en esta gira.

La secuencia de éxitos familiares ha seguido con Rag doll y las oscilaciones a las cuerdas de Joe Perry, justo antes de Falling in love (is hard on the knees), anclada en su sonido de los 90, época en la que alcanzaron la cima comercial con álbumes como este Nine lives o Get a grip, en el que también se han detenido con fruición.

Una bandera española se cruzó entonces en las imágenes de las pantallas, el público reaccionó con un grito de reconocimiento y sonó Stop messing around, versión de Fleetwood Mac, con Perry al micrófono y los ensortijados dedos de Tyler aferrados a la armónica, dándole sabor blues a la cita, en la misma línea que con Oh, well.

De un largo pasaje de virtuosismo instrumental pasaron a Walking in the sand, una pieza que no suele colarse en los repertorios de la gira y que se retrotrae a la etapa de los aciagos 80, las de los vicios que acabaron con Perry temporalmente fuera de la banda y una serie de álbumes anodinos.

Turno después para otro de los imprescindibles, Sweet emotion, con el bajo de Hamilton como protagonista principal, coros robotizados y abundancia de distorsión.

«Oé, oé», gritó Tyler con su imposible coleta, una piel aún más imposiblemente tersa a los 69 años y su enrevesado atuendo gipsy, antes de convertir el auditorio en un karaoke fraternal de brazos por encima del hombro, incluidos los de los estoicos roqueros que a esas alturas aguantaban el frío en mangas de camiseta, gracias al meteorito de I don’t want to miss a thing.

De esa balada que fue escrita para la BSO de Armaggedon por Diana Warren, la misma de Because you loved me de Celine Dion,viajaron varias décadas atrás hasta otra canción de película, el Come together de The Beatles, momento en el que la rauda Eat the rich encauzó el concierto hacia su tramo final, con Perry escupiendo gasolina y ruidos de motor desde su guitarra.

Entonces empieza a sonar una letra: There was a time when I was a broken hearted. El público volvió a abrazarse así con los primeros compases de Crying y con Alicia Silverstone en la memoria, vívido aquel videoclip de la época dorada de MTV.

Con Dude (looks like a lady), una interpretación de Dream on para el recuerdo, con toda la metralla disponible, y la imprescindible Walk this way, el grupo echó el cierre tras rellenarse los bolsillos, el orgullo y los oídos de Madrid. ¿Seguro que será la última?

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