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Manuel Carrasco y Sevilla, un idilio sin límites

Manuel Carrasco y Sevilla, un idilio sin límites

Manuel Carrasco y Sevilla, Sevilla y Manuel Carrasco. Tanto monta, monta tanto. Ambos conforman el binomio perfecto de las emociones. Un matrimonio bien avenido que se declara amor eterno en cada encuentro. Cuando ambos se miran a los ojos son capaces de agitar los sentimientos y provocar esa magia casi mística que tan de vez en cuando se da en un espectáculo, pero que cuando ocurre es algo realmente bello (posiblemente y entre otras cosas, por eso mismo, por apenas suceder). Anoche, en el estadio Benito Villamarín, tuvo lugar una de esas extraordinarias ocasiones.

El listón estaba por las nubes con el concierto que ofreció hace tres años en el estadio de La Cartuja y el de las pasadas navidades en la Plaza de España, pero Manuel volvió a salir ayer con toda la cuerda dada desde la inicial «Me dijeron de pequeño» —con una preciosa introducción en off cantándole a su hija el amor que siente por Sevilla— e igualó sus propias marcas anteriores. Incluso, algunos de los presentes hablaban de que las superó. Sea como fuere, 45000 personas gritaron, saltaron, bailaron y lloraron de emocióngracias a un artista en estado de gracia que supo transformar como pocos el lenguaje del alma en armonía.

«Sevilla, estás empeñada en estar presente en los momentos más importantes de mi vida, vamos a darnos el corazón, que es lo que mejor sabemos hacer», gritó enormemente feliz.

Entregado en cuerpo y alma durante las casi tres horas que duró el concierto (acabó casi a la una y media de la mañana entre vistosos fuegos artificiales), el onubense derrochó autenticidad en cada uno de los versos que se proyectaban por las resonancias sureñas de su garganta: a veces con claras reminiscencias flamencas, a veces sonando a pasodoble del mejor carnaval, pero siempre con un sonido netamente enraizado en lo andaluz.

Manuel Carrasco transitó como pez en el agua por los vericuetos del corazón, ésos a través de los cuales accede con suma sutileza a la fibra sensible del oyente. Ya fuese con el clásico desamor («Sabrás», «Y ahora»), empatizando y lanzando fuerzas a todas esas mujeres que sufren el dichoso cáncer de mama («Mujer de las mil batallas»), criticando el maltrato («Que nadie») o insuflando ánimos a los niños enfermos («Siempre fuertes», un tema que dedicó a Elena y Alba, dos niñas de la planta de oncología del hospital Virgen del Rocío que estaban presentes en el concierto).

Asimismo, gracias a canciones como «Ya no», «No dejes de soñar», «Tambores de guerra» o «Déjame ser» y «Uno x uno», coreadas a viva voz desde sus primeras notas, Carrasco erizó la piel de los miles de asistentes. Precisamente tras terminar esta última, el cantautor, que alternó momentos de euforia total (que sea hacían patentes con una sonrisa de oreja a oreja y unas carreras muy stonianas) con otros en los que no ocultaba que estaba visiblemente emocionado, cedió a lo que le dictaba el alma ante tantas sensaciones acumuladas y terminó llorando a lágrima viva.

El cantautor estuvo acompañado por una banda compuesta por seis músicos que rayaron a gran altura durante toda la noche, y que estuvo liderada por su director musical David Carrasco (reputado saxofonista que anteriormente ha tocado con artistas de la talla de Raphael, Fito y Fitipaldis, Jorge Drexler o M-Clan), quien destacó sobremanera en dos extraordinarios solos en «Te busco una estrella» y «Amor planetario».

No obstante, Manuel Carrasco demostró en más de una ocasión (y de dos) a lo largo de la noche que es un artista de voz poderosa y alta expresividad capaz de desarrollar música suntuosa sin ayuda externa.Así quedó más que patente cuando cantó acompañado solo por su guitarra («Menos mal») o sentado al piano («Mi única bandera», tema dedicado a su hija).

En este sentido, queda para el recuerdo de los presentes las bulerías de creación propia dedicados a Sevilla y Triana, a su Semana Santa, a sus fiestas y a sus rincones exquisitos. Cantes que enlazó entre la cerrada ovación con la bella «Yo me quedo en Sevilla», de los míticos Pata Negra. A esa hora, pasada la una de la madrugada, el delirio se había instalado de facto en las gradas y el césped del estadio del Betis. Y ése fue el momento más álgido de dicho estado. Sin duda, una noche para no olvidar y que queda en la retina musical de la ciudad como uno de los más grandes episodios jamás escritos en la capital hispalense.

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Ricardo Day

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